2026, AÑO INTERNACIONAL DEL VOLUNTARIADO
2026, AÑO INTERNACIONAL DEL VOLUNTARIADO: LAS MANOS QUE MANTIENEN VIVO EL BANCO DE ALIMENTOS
Hay trabajos que se cuentan en horas y otros que se entienden mejor por todo lo que hacen posible. En el Banco de Alimentos de Gipuzkoa, 220 personas voluntarias dedican parte de su tiempo, semana tras semana, a clasificar productos, preparar lotes o recorrer supermercados para recuperar alimentos. Detrás de cada una de estas tareas hay un compromiso compartido: poner tiempo y experiencia al servicio de otras personas y contribuir a reducir el desperdicio alimentario.
En 2026, ese compromiso adquiere una dimensión especial. La Asamblea General de las Naciones Unidas ha declarado este año como Año Internacional de los Voluntarios para el Desarrollo Sostenible, una iniciativa que busca reconocer la contribución del voluntariado al desarrollo de comunidades más inclusivas y sostenibles.
La Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC) se ha unido a esta celebración bajo el lema “Local, en todas partes”. Una idea que también describe bien lo que sucede cada día en Gipuzkoa: personas que actúan desde su entorno más cercano y que, con pequeños y grandes gestos, sostienen una red de solidaridad.
DOS HISTORIAS, UN MISMO COMPROMISO
Para conocer qué significa formar parte de esa red, hablamos con dos personas voluntarias del Banco de Alimentos de Gipuzkoa. Una lleva tres años colaborando con la entidad. La otra, responsable de uno de los equipos, suma ya trece años de dedicación.
Ambas están jubiladas y llegaron hasta aquí después de trayectorias profesionales muy diferentes. Una diversidad que se repite entre las personas que forman el voluntariado del Banco y que constituye, precisamente, una de sus fortalezas.
Sus motivos para incorporarse también tienen puntos en común. Ya existía una sensibilidad social antes de la jubilación, pero disponer de más tiempo les permitió convertir esa inquietud en una actividad concreta. A ello se sumó el convencimiento de que la misión del Banco de Alimentos era necesaria: ayudar a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad y, al mismo tiempo, contribuir a evitar que alimentos aptos para el consumo terminen desperdiciándose.
Experiencias similares que habían conocido en Francia sirvieron también como referencia. Les mostraron que dedicar unas horas de su tiempo podía traducirse en un impacto tangible.
LO QUE EL VOLUNTARIADO TAMBIÉN DEVUELVE
Cuando hablan de estos años en el Banco, aparece una idea con frecuencia: sentirse útiles.
Colaborar les aporta satisfacción personal y la posibilidad de comprobar de cerca el resultado de su trabajo. Saben qué ocurre con los alimentos que clasifican, preparan o recogen y conocen el recorrido que siguen hasta llegar, a través de las entidades sociales, a las personas que los necesitan.
Esa experiencia directa también les permite responder a una duda que escuchan ocasionalmente fuera del Banco: si la ayuda llega realmente a su destino. Su respuesta parte de lo que ven cada día. La organización puede cometer errores, como cualquier otra, pero existe un trabajo constante para que los recursos lleguen donde deben hacerlo, con responsabilidad y transparencia.
Y junto a esa utilidad social hay otro elemento que ambos destacan: el ambiente entre las personas voluntarias.
Dentro del almacén, explican, las profesiones y los cargos que cada persona haya tenido durante su vida laboral pierden importancia. Quien ha sido profesional de la medicina, quien ha dirigido una empresa o quien ha trabajado en servicios públicos comparte espacio, responsabilidad y objetivos. Todas las manos cuentan por igual.
220 PERSONAS QUE HACEN POSIBLE EL DÍA A DÍA
Actualmente, el Banco de Alimentos de Gipuzkoa cuenta con 220 personas voluntarias activas durante todo el año en sus almacenes de Oiartzun y Bergara, donde hay actividad todos los días excepto los domingos.
Cerca del 50% se dedica a la clasificación de los productos que llegan diariamente. Es la tarea que requiere un mayor número de personas, aunque todas las actividades son esenciales para que la cadena funcione.
Otros equipos preparan los lotes que posteriormente se entregan a las asociaciones y entidades sociales. Y un tercer grupo conduce las furgonetas que recorren supermercados de Gipuzkoa para recuperar productos retirados de la venta, por ejemplo, porque se aproxima su fecha de caducidad o porque frutas y verduras presentan imperfecciones estéticas que dificultan su comercialización.
Son funciones diferentes, pero profundamente conectadas. Recoger, clasificar, preparar y distribuir forman parte de una misma cadena solidaria.
El 80% de las personas voluntarias está jubilada y existe una distribución muy equilibrada entre mujeres y hombres: ellas representan el 57% y ellos el 43%.
La mayoría, un 85%, colabora un día a la semana, mientras que el 15% mantiene una dedicación más intensa. Durante las campañas de recogida, esta red crece gracias a muchas otras personas que se incorporan de manera puntual.
Hay otro dato especialmente significativo: el 60% lleva entre 3 y 15 años colaborando con el Banco de Alimentos. Una permanencia que habla de compromiso, pero también de vínculos que se construyen con el paso del tiempo.
UNA RED NECESARIA ANTE NUEVOS RETOS SOCIALES
El trabajo cotidiano también permite observar de cerca algunos de los retos que atraviesa el territorio. Entre ellos, preocupa especialmente el crecimiento de la desigualdad y la posibilidad de que aumente la distancia entre quienes cuentan con recursos suficientes y quienes encuentran dificultades para cubrir necesidades básicas.
Frente a esta realidad, el voluntariado apuesta por seguir tejiendo comunidad.
También subraya la importancia de disponer de una red de reparto distribuida por los diferentes barrios y municipios, capaz de acercar el apoyo allí donde se necesita y de hacerlo desde el respeto y la dignidad de cada persona.
El día a día plantea además dificultades más concretas. Los cambios normativos, por ejemplo, obligan a adaptar procedimientos y formas de trabajo. El voluntariado aprende, se reorganiza y continúa adelante. Porque detrás de cada proceso hay una responsabilidad: gestionar correctamente los alimentos y garantizar que la ayuda se presta con todas las garantías.
UN LUGAR DONDE CADA PERSONA PUEDE SUMAR
Tres años. Trece años. Un día a la semana o una dedicación mucho mayor. Cada persona encuentra su manera de participar.
Para quienes protagonizan este reportaje, las expectativas con las que llegaron al Banco de Alimentos se han cumplido e incluso superado. Han encontrado una actividad útil para la sociedad, pero también un espacio humano del que reciben mucho a cambio.
Este Año Internacional de los Voluntarios para el Desarrollo Sostenible es una oportunidad para reconocer a las 220 personas que mantienen vivo cada día el Banco de Alimentos de Gipuzkoa, y también a quienes se suman durante las campañas y momentos de mayor actividad.
A todas ellas, gracias. Por vuestro tiempo, vuestra experiencia, vuestra constancia y vuestra capacidad para trabajar en equipo. Cada alimento recuperado, cada lote preparado y cada furgoneta que sale del almacén lleva detrás muchas manos.
Y la red puede seguir creciendo.